Soy Verónica Izurieta. En el año 2020, con 60 años, mis tres hijas ya casadas y profesionales, y mis nietos que me visitaban de vez en cuando, vivía con mi hermana en una casa grande para cuidar entre las dos a nuestra madre, con mi hermano ayudando cada dos fines de semana. Ella, un miembro icónico e irremplazable en la familia —maravillosa y a la vez agotadora—, estaba postrada por una artrosis múltiple a sus 92 años.

El regalo de reencontrarme con mi madre

Nunca antes había existido un acercamiento sincero entre nosotras; la vida nos había jugado malas pasadas. Pero ese era el momento, y no lo iba a desaprovechar. Dios me devolvió a mi madre, toda para mí, sin excusas ni rencores que enturbiaran la oportunidad de conocernos y querernos más. Se la llevó a sus 96 años, en 2022, llena del amor de sus hijos y con el alma en paz, segura de que se reencontraría con los suyos.

Volviendo a ese mayo del 2020: trabajaba desde casa por la pandemia, con una carga importante de la oficina, y al mismo tiempo cuidaba a mi madre entre doctores, turnos, aseos diarios, remedios y las labores de la casa. En medio de esa tormenta, empecé a sentir que algo no andaba bien. Que mi cabeza, o más bien mi alma, iba a colapsar.

Cuando la música empezó a llegar

El 5 de mayo de 2020, agobiada con temas de la oficina que parecían imposibles, mi cabeza comenzó a llenarse de música. Melodías que parecían llegar directo del cielo a mis oídos, mientras sentía algo como cargas eléctricas deslizándose por mi piel. No entendía lo que estaba ocurriendo —aunque lo disfrutaba de una forma sublime— y la idea de estar perdiendo la razón rondaba mi mente. Me dejé llevar: cerré los ojos, me alejé del computador y solté el celular.

Decidí grabar esa música en mi teléfono, con mi propia voz, frágil pero era lo único que tenía en ese momento. Los días siguientes seguí recibiendo melodías, y con ellas llegaba también una idea del mensaje que traía cada canción, incluso palabras cuyo significado debía averiguar para estar segura. Fui obediente con lo que recibía: el idioma, el género musical, todo. Hubo boleros, baladas, bachatas, valses, tangos y mucho más. Algunas venían con un anuncio silencioso: "esta es para Él". Esas, sin duda, fueron las más lindas.

Aprender a preguntarme qué me hace feliz

Hoy tengo más de 80 composiciones, y aprendí más de Dios y de mí misma en estos cinco años que en toda mi vida anterior. Comprendí que lo que recibo es para entregarlo a los demás; que nada es mío, que solo me fue dado para administrarlo y multiplicarlo.

Nunca antes me había permitido preguntarme qué me hace feliz, qué quiero lograr en la vida. No me sentía con ese derecho, quizás por ese "sentido del deber" que nos inculcan desde chicas, esa idea de que el sacrificio se paga con el cielo. Pero nunca es tarde para evolucionar. Tuve a mis tres hijas, mis mayores amores, con aciertos y errores, miedos y coraje: absolutamente imperfectas, como todas nosotras.

Un nuevo camino por recorrer

Ahora tengo un camino nuevo, lleno de retos y promesas. Este regalo no es para guardarlo bajo el colchón: hay que producir las canciones y presentarlas. Para eso estoy aprendiendo e-commerce, vendiendo productos digitales y usando la inteligencia artificial en cada proceso. Quiero establecerme en España, la tierra de mi abuelo, como centro de operaciones para mi proyecto musical.

Voy con un objetivo claro y el corazón puesto en la fe: que Dios irá conmigo a donde vaya, me protegerá, me dará entendimiento y pondrá en mi camino todo lo que necesite, a su debido tiempo. Él cumple sus promesas. Nada es imposible para Él.