Me llamo "VCA". Tengo 82 años y me considero una mujer multiactiva: soy fotógrafa profesional, intérprete, pinto, bordo, escribo y leo muchísimo. Mentalmente me siento perfecta, pero un día, haciendo un análisis honesto, me di cuenta de una gran verdad: mi vida era absolutamente sedentaria. Mucha lectura, mucho bordado y pintura, pero de ejercicio, nada de nada.
La decisión de dejar el sedentarismo
Decidí que ya era hora de hacer algo al respecto, porque me sentía un poco anquilosada. Con toda la motivación del mundo, me inscribí en un gimnasio. El primer día me evaluó el "profesor" de turno y me dio una rutina que, supongo yo, era la apropiada para mi persona, mi estado físico y mi edad.
El error de cálculo
Sin embargo, al ver los ejercicios, consideré que era una pauta demasiado suave para mí. Así que, de motu propio y con mucha confianza, decidí aumentarla. Subí el tiempo de los ejercicios, le agregué más peso a las máquinas y aumenté el número de repeticiones a casi el doble de lo que me habían indicado.
La gran (y dolorosa) lección
En conclusión: llevo un mes asistiendo al gimnasio religiosamente tres veces por semana y el resultado es que... ¡NO ME PUEDO MOVER! Me duele absolutamente todo, desde la punta del pelo hasta la punta del pie. Por supuesto, ahora estoy inhabilitada temporalmente para asistir al gimnasio mientras me recupero de mi propia osadía.
La moraleja de mi historia para toda la comunidad es muy simple: a pesar de toda la inmensa experiencia que nos han dado los años y de lo capaces que nos sintamos, por favor, hagámosle caso a los expertos en cada materia. ¡A veces el entusiasmo nos puede jugar una mala pasada!