Durante los últimos meses se ha hablado mucho del impuesto a la herencia en Chile, y muchas familias se preguntan si conviene traspasar parte del patrimonio en vida, en lugar de esperar a heredarlo. Es una pregunta legítima, pero antes de eso hay una pregunta previa que casi nadie se hace: ¿en qué momento un peso más deja de cambiarte la vida?
De la protección a la libertad de elegir
Cuando somos jóvenes, cada peso que juntamos resuelve una necesidad real: un imprevisto, una enfermedad, un mal momento. Con los años, ese mismo ahorro deja de ser solo protección y empieza a darnos algo distinto: la posibilidad de elegir con calma, de no vernos obligados a decidir apurados. Ya no se trata de tener más, sino de tener libertad.
Llega un punto, sin embargo, en que ese mismo peso guardado rinde cada vez menos para quien lo tiene, simplemente porque ya cumplió su función de protegerlo. Y en cambio, puede rendir mucho para un hijo o un nieto que recién está empezando su propio camino: pagar unos estudios, dar el pie de una casa, partir un proyecto propio.
Aquí es donde entra la ley chilena. Cuando existen hijos, cónyuge o padres vivos, la herencia se reparte en tres partes: la mitad va obligatoriamente a ellos por ley (la "legítima"), un cuarto se puede repartir con cierta libertad dentro de la familia, y solo el último cuarto queda completamente libre para destinarlo a quien uno quiera. Esta regla no es un capricho: viene de una tradición muy antigua que entiende que quien construye un patrimonio también tiene ciertos deberes hacia quienes vienen después.
Qué cambió con la nueva ley
Hace pocos meses, el Congreso aprobó un beneficio importante: una rebaja transitoria del 50% en el impuesto que se paga por ciertas donaciones en vida, y eliminó un trámite judicial que antes encarecía y alargaba el proceso. Ojo: este beneficio es solo para donaciones dentro de la familia —a hijos, cónyuge o quienes tendrían derecho a la herencia—, no para terceros.
La pregunta que sigue abierta
¿Significa esto que hay que donar todo ahora? No necesariamente. La reforma hizo más fácil decidir cuándo transferir el patrimonio, pero no resuelve la pregunta de qué hacer con él, ni para quién. Esa sigue siendo una conversación de familia, y la experiencia muestra que decidirlo en conjunto —padres e hijos conversando abiertamente sobre el tema— suele ser mucho más sano que decidirlo en solitario y comunicarlo como un hecho consumado.
Al final, el peso que ya cumplió su función de protegerte no vale menos por eso. Solo que, donde está, ya cambia menos de lo que cambiaba antes. Lo que sí puedes decidir es qué hacer con él, y cuándo conversarlo con los tuyos.
Por Nicolás Cánepa, Ventum Group. Adaptación de su columna de opinión publicada originalmente en CFA Society Chile.
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