¿A quién invitarías a cenar contigo si supieras que al día siguiente morirás?
Seguramente, a tus seres queridos, familiares y amigos. Cuando Jesús estuvo en esa situación invitó a sus discípulos. Y les encomendó que, en el futuro, ellos transmitieran la invitación de incorporarse a esa comida a todas las personas que tuvieran deseos de amar, de compartir su vida con Dios y con las personas amadas por Él. Entre los invitados de los últimos tiempos estamos todos nosotros. Gratuitamente. No por nuestros méritos.
Somos invitados por Dios porque nos ama. Como un padre o una madre aman a su hijo.
En Semana Santa celebramos esta alianza de Dios con nosotros, que fue sellada por Jesús. Después de sufrir torturas y humillaciones, Él fue condenado a morir crucificado. Fue una experiencia terrible de dolor y abandono. Se sintió abandonado incluso por su Padre, a quien rezó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”. Pero nunca perdió su confianza en Él. Murió, diciéndole: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Jesús sufrió todo esto voluntariamente. Lo hizo por amor. Él dijo: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente por mis ovejas”. Fue la actitud que mantuvo hasta el final. Antes de morir, rezó: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.
La resurrección fue la victoria definitiva de Dios sobre el mal. La vida triunfó sobre la muerte, el amor sobre el odio, la consolación sobre cualquier desolación.
Cuando Jesús resucitado apareció a María Magdalena, le encomendó: “Anda donde los hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes’” (Juan 20,17). A los apóstoles, les dio esta misión: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda la creación” (Marcos 16,15).
¿Cuál es esa buena noticia? Que el Dios de la Vida nos ama y no nos abandona nunca, ni siquiera en los momentos en que lo sentimos lejano y ausente. La Buena Noticia es que Él nos invita a compartir su mesa.
Esto celebramos en Semana Santa: el triunfo de la vida y del amor sobre la muerte y el odio. A esta fiesta todos están invitados: los fuertes y los débiles, los sanos y los enfermos, los jóvenes y los ancianos, los justos y los pecadores.
Jesús nos dice hoy: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 15,12-17).
¿Cuál es tu respuesta?