Dos jesuitas, una misma pasión por servir

El 31 de julio la Iglesia Católica conmemora a San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, y el 18 de agosto, a San Alberto Hurtado (1901-1952), chileno, miembro de la misma orden religiosa. Ambos amaron incondicionalmente a Jesucristo, supieron encontrar y seguir su voluntad, miraron a sus hermanos con ojos misericordiosos, lucharon con valor y generosidad para que el Reino de Dios se hiciera presente en la tierra.

Jerónimo Nadal, jesuita muy cercano a Ignacio, lo describió como un hombre de gran energía, magnánimo, que en las batallas jamás admitía una derrota, a quien las dificultades no lo asustaban. Desde que conoció a Dios lo animó un permanente deseo de amarlo y servirlo. Llegó a aborrecer todo aquello que lo separara de Él.

Se hizo disponible al Señor para servirlo adonde Él quisiera. Para ello recorrió muchos lugares y emprendió múltiples labores. Por eso en su Autobiografía se llamó a sí mismo "el Peregrino".

En el libro de los Ejercicios Espirituales, así como en su abundante correspondencia, insistió reiteradamente en que era necesario "en todo amar y servir a Dios" (Ejercicios Espirituales, 233).

El mismo espíritu en Alberto Hurtado

Este mismo espíritu animó a Alberto Hurtado. Ante las distintas circunstancias de la vida su interrogante era: ¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar? Su respuesta generosa fue transformando no solo su propia existencia, sino también la de su medio social.

Con mucha convicción, exclamaba: "Un renacimiento del idealismo es lo que más falta nos hace. Idealismo que significa desinterés, generosidad, sacrificio, amor, pero más ajeno que propio, deseo de dar más que de recibir. Cuando esto se haya logrado, el nivel de instrucción, el nivel cultural, el conocimiento, y sobre todo la vida cristiana, estarán en franco progreso entre nosotros".

Servir como lo habría hecho Jesús

Buscó identificarse con Jesús y dar amor, mucho amor, a todos: a los enfermos, a los hambrientos, a los desorientados, a todos los sufrientes. Quería servirlos como Jesús lo habría hecho, acercándose a ellos con respeto y comprensión.

El P. Hurtado decía que el cristiano pretende influir en el mundo en que le cabe actuar mediante su oración, a través de sus obras repletas de divinidad, con su influencia personal. "Sin timideces ni falsas humildades, es audazmente conquistador; es atrevido, sin dejar de ser prudente; es divino, sin dejar de ser profundamente humano".

Contento, Señor, contento

El día de su canonización, el 23 de octubre de 2005, el papa Benedicto XVI resaltó que San Alberto Hurtado "destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás, siendo una imagen viva del Maestro, manso y humilde de corazón. Al final de sus días, entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: Contento, Señor, contento, expresando así la alegría con la que siempre vivió".

Y a ti, ¿qué te inspira el ejemplo de estos dos grandes hombres? ¿Qué otras personas te resultan atrayentes por la alegría con que han vivido? ¿Quiénes despiertan tu admiración por su capacidad de amar y servir a los demás?