En un acantilado rocoso, donde el mar bate con fuerza, se alzaba un viejo faro de piedra. Llevaba décadas allí, viendo pasar el tiempo, resistiendo tormentas y saludando a miles de amaneceres.
Abajo, en el agua, todo era movimiento constante. Lanchas rápidas cruzaban dejando estelas de espuma, veleros competían contra el viento y enormes buques de carga pasaban con prisa, siempre con un destino urgente que alcanzar.
Un día, un pequeño barco, que se sentía muy moderno por lo rápido que podía navegar, se detuvo un momento al pie del acantilado y le gritó al faro:
—¡Eh, tú, viejo de piedra! ¿No te aburres de estar siempre ahí plantado? El mundo es velocidad, es ir de un lado a otro, es conquistar horizontes. ¡Te estás perdiendo la acción por quedarte quieto!
El faro, con la paciencia que solo dan los años y la salitre, hizo girar su gran lente despacio antes de responder con su voz profunda:
—Pequeño amigo, si yo también me pusiera a correr detrás del horizonte como ustedes... ¿quién les diría dónde está el puerto cuando baja la niebla? ¿Quién les avisaría de las rocas escondidas cuando la noche se vuelve oscura?
A veces, llegar a la madurez se siente así. El mundo a nuestro alrededor parece obsesionado con la velocidad, la productividad y la novedad constante. Y nosotros, quizás, ya no corremos con esa misma urgencia.
Pero la lección del faro es inmensa: no siempre se aporta más moviéndose más rápido. Hay una etapa en la vida en la que nuestro rol cambia. Dejamos de ser los barcos que luchan contra las olas para convertirnos en la referencia que permanece estable.
Nuestra sabiduría no está en la prisa, sino en la presencia. Está en ser ese punto de calma cuando la familia atraviesa una tormenta; en ser la luz que guía con un consejo basado en la experiencia cuando los más jóvenes no ven el camino; en ser la estructura firme que demuestra que se puede sobrevivir a los temporales.
No te preocupes si sientes que el mundo va muy deprisa y tú prefieres la calma. Recuerda que el faro no necesita perseguir a los barcos para ser útil. Su fuerza radica precisamente en que no se mueve.
No iluminas por lo rápido que corres, sino por lo firme que te mantienes encendido.
Por Círculo Senior
Conectando generaciones, experiencias y nuevas formas de florecer.