En una pequeña tienda de antigüedades, un hombre se detuvo frente a un cuenco de cerámica expuesto en la vitrina. No era una pieza perfecta de porcelana intacta; al contrario, estaba recorrido por decenas de líneas doradas que brillaban bajo la luz.
Parecía que, en algún momento, se hubiera hecho añicos y alguien, con infinita paciencia, lo hubiera vuelto a unir usando oro líquido.
El anticuario, notando su interés, se acercó y le dijo: —Es hermoso, ¿verdad? Los japoneses llaman a esto Kintsugi. Cuando una pieza valiosa se rompe, no la esconden ni la tiran. La reparan resaltando sus fracturas con oro, porque entienden que la rotura y la posterior curación son parte de la historia del objeto.
Se vuelve más bello precisamente por haber estado roto.
El hombre se vio reflejado en el barniz brillante del cuenco. Pensó en cómo pasamos la primera mitad de nuestra vida intentando ser esa vasija perfecta, inmaculada, temiendo cualquier golpe que nos pueda marcar.
Sin embargo, vivir implica, inevitablemente, romperse algunas veces. Un adiós doloroso, un sueño que no se cumplió, una enfermedad que nos frenó el paso, o simplemente el desgaste natural del tiempo en nuestra piel.
La sociedad a menudo nos dice que ocultemos esas grietas, que disimulemos el paso de los años. Pero la sabiduría de la madurez es el arte del Kintsugi aplicado al alma.
Llegar a esta etapa significa que hemos aprendido a ser los artesanos de nuestra propia historia. Ya no usamos pegamento invisible para negar lo que nos dolió.
Ahora usamos el ""oro"" de la experiencia, la aceptación y la resiliencia para unir nuestros pedazos.
Al mirarnos al espejo, ojalá dejemos de ver arrugas o cicatrices como defectos. Son nuestras líneas doradas. Son el mapa que demuestra que hemos vivido intensamente, que nos hemos caído y que hemos tenido el coraje de recomponernos.
Y eso nos hace infinitamente más valiosos, interesantes y únicos que cuando éramos nuevos.
Por Círculo Senior
Conectando generaciones, experiencias y nuevas formas de florecer.