Pese a que vivimos en una época donde nos es más fácil conectar con alguien en cualquier lugar del mundo, vivimos una soledad silenciosa, porque no se ve en redes sociales, no se comenta con amistades y la misma familia no la advierte. Es un dolor silencioso y un riesgo latente, porque el resto te ve con personas, tus hijos te llaman, tus nietos te visitan, el grupo de WhatsApp no para, sin embargo, algo falta.

Después de los sesenta, las pérdidas se multiplican y sabías que podían llegar, pero no lo que ibas a experimentar. No solo pueden aumentar las probabilidades de que muera tu pareja, un hijo o una amistad querida. También aumentan los duelos vitales, los que van apareciendo en lo cotidiano y que implican perder, dolor, desafío.

Con la jubilación pierdes un cargo, un currículum; con tus hijos ya fuera de casa y nietos más grandes pierdes un rol en la familia; con los años pierdes la salud y vitalidad que te daba autonomía. En otras palabras, tu identidad se resquebraja y estos múltiples cambios aumentan la Soledad, esa con mayúscula, que no se va aunque te visiten o te escriban.

Pero hay un camino para transitar estos duelos y te invito a las 3R que podrían abrirte perspectivas para recorrerlo con mayor paz.

Reconocer: ponerle nombre a lo que duele

El primer paso no es resolver la soledad. Es observarla. ¿Cuándo aparece? ¿Es el domingo por la tarde cuando el tiempo se estira sin saber cómo llenarlo? ¿Es el almuerzo aunque la mesa esté llena? ¿Al acostarte e ir apagando las luces de tu casa? La soledad tiene horarios y tiene formas distintas para cada persona. Reconocerla no la elimina, pero le quita algo de su poder, porque lo que no se nombra no se puede gestionar y si ubicas cuándo, dónde y con quiénes aparece, estás ubicándola en su lugar.

En esto es importante distinguir entre estar y sentirte solo o sola. Puedes rodearte de personas y sentir una soledad profunda, o puedes estar en tu pieza en la noche, sin nadie, sin ruido, y sentir mucha paz. La soledad no está en el número de personas que te rodean, sino más bien en la calidad del vínculo que tienes contigo, cuando los factores que sostenían tu vida ya no están.

Resignificar: entender de dónde viene

La soledad no tiene una solución externa, más bien una gestión interna y ahí entra la identidad. Cuando pierdes a alguien o algo, no solo pierdes a esa persona, esa rutina o esa condición física. Pierdes más la versión de ti que existía junto a esa persona o esa vida que te llenaba. Cuando te jubilas, no solo termina una etapa laboral, sino que termina una dimensión de tu vida que te describía. Antes era un cargo, una profesión… ¿ahora cómo me defino? Antes subía cerros, ahora solo camino por la calle. Ya no soy deportista, ¿cómo me defino?

La soledad no es una falta de compañía, es un proceso de reconocerse en un yo nuevo, uno que todavía no conoce bien su propio terreno, pero que tiene mucho por vivir todavía. Acá entra la distinción de dos tipos de soledad que vale la pena separar: la elegida y la impuesta. La primera la busco, la segunda me llega. Un rato a solas con un libro o una caminata sin teléfono, esa es soledad elegida y puede ser nutritiva. La otra no se pide, pero puedes resignificarla mediante rituales que te otorguen conexión.

Y considera: no es la primera vez que tu identidad cambia. No eres la misma persona que eras antes de jubilar, pero en ese momento tampoco eras la misma que fuiste a los 15, 30 o 45. Siempre estamos cambiando.

Ritualizar: convertir la ausencia en presencia

"Aprendí que esa ausencia va a ser mi compañía. Ahora estar sola no me angustia, me conecta"; otra me dijo "me di cuenta de que nunca estaba sola, estaba conmigo". Son frases que me han dicho personas que he acompañado, al finalizar su proceso. Llegaron con angustia, con soledad, pero reconociendo, resignificando y buscando nuevos rituales en lo cotidiano, pudieron sentirse en paz con ellas mismas. No era que necesitaran hacer más cosas, más bien era reconocerse distintas.

Los ritos no necesitan ser solemnes ni elaborados. Pueden ser una taza de té en tu sillón favorito, la lectura de un libro en un horario particular, contemplar un paisaje o una nueva rutina con amistades. No se trata de llenar la agenda, sino dar nuevos significados a los momentos que vives. Lo que importa no es la forma o el lugar donde lo haces, sino la intención que buscas: crear un puente entre lo que fue y lo que soy ahora. Entre el sentirme sola y el estar conmigo.

Porque al final no se trata de ser la persona de antes, sino de la que quieres ser de ahora en adelante.

José Tomás Vicuña
Fundador DUELAR
Instagram y Youtube en @vicunacoach

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