“La memoria no solo transmite lo que queremos recordar, sino también lo que deseamos olvidar” (Agatha Christie).
Pocos motivos hay mayores de preocupación por nuestra salud, que perder la memoria. La memoria es el registro de nuestra personal historia vital. Es por lo tanto el testigo y garante de nuestra identidad. La memoria conserva aquello que nos define frente a todo lo que no soy yo mismo. Sin memoria seríamos vegetales. La memoria y la consciencia nos hacen humanos.
Pero la memoria requiere de dos pasos previos para fraguar el recuerdo: la percepción de nueva información y el aprendizaje o retención de ella. Y, finalmente, la recuperación de esa información.
¿Cómo construimos los recuerdos?
Sin embargo, la memoria humana no es un archivo ni una biblioteca. La memoria humana no registra los hechos con precisión fotográfica. Se acerca más, quizá, a un cuadro impresionista. Muestra elementos centrales con mayor nitidez y otros periféricos son más difusos, confusos, a veces distorsionados o incluso inexistentes, y los han puesto ahí nuestra imaginación u otras fuentes.
La memoria, además, nos permite interpretar cualquier nueva información que recibimos, interpretación que se basará en los conocimientos previos, nuestros esquemas personales, y así construimos los recuerdos.
De esta manera, nuestra memoria adiciona contenidos por interpretación y estructuración, y sustrae, por selección de lo importante y por descarte de lo secundario. Nuestros recuerdos serán el resultado de esa suma y resta.
Los distintos caminos de la memoria
Memorizar es un proceso que tiene distintos destinos y, por tanto, distintos caminos. Simplificando y sintetizando mucho diremos que hay una memoria de corto plazo y otra de largo plazo. La memoria de corto plazo es aquella que guarda la información que necesitamos en el momento: dónde se dejaron los anteojos. La memoria de largo plazo conserva los conocimientos adquiridos, por tiempos prolongados o por toda la vida.
Y hay dos sistemas distintos de aprendizaje y conservación de esos conocimientos: la memoria declarativa o explícita, que encierra conceptos transmisibles verbalmente, y la memoria procedimental o implícita, que conserva un aprendizaje del hacer y solo se alcanza con la experiencia concreta. Un ejemplo de la primera es lo que aprendimos del Combate Naval de Iquique: lo sabemos, es conceptual y podemos relatarlo. Un ejemplo de la segunda es aprender a andar en bicicleta: no podemos enseñarlo ni aprenderlo sino en la experiencia.
Y, nuevamente, la memoria declarativa tiene dos reservas de conocimiento: la memoria semántica y la memoria episódica. La primera se refiere a cualquier conocimiento que podamos explicar: qué es un almuerzo; qué es una mesa. La memoria episódica se remite a los hechos concretos ocurridos: qué almorcé hoy; cómo es la mesa de mi comedor.
Esta última, la episódica, es la que primero falla en patologías como la Enfermedad de Alzheimer y se olvidan especialmente los hechos recientes.
Olvidos cotidianos vs. señales de alerta
Pero no todos los olvidos son señal de enfermedad. Nuestra memoria se puede ver interferida transitoriamente por situaciones estresantes: el estudiante que “queda en blanco” al enfrentar un examen. O cuando hay potentes distractores de la atención como el dolor físico o emocional, o la falta de sueño.
Además, hay olvidos “benignos” como algún nombre que posteriormente se recuerda, o lo que se iba a buscar a algún lugar y tener que devolverse para recordarlo, o pérdidas accidentales de objetos. Cuando son leves, ocasionales y no interfieren con la vida cotidiana, no suelen ser motivo de preocupación.
En cambio, si cada vez con más frecuencia se olvida haber tenido una conversación reciente, se repiten historias y preguntas varias veces, y especialmente si el entorno cercano lo percibe, es momento de consultar.
Cómo proteger nuestra salud cerebral
No hay ninguna estrategia infalible para preservar la memoria, pero está demostrado que mantener una actividad mental desafiante, ejercicio físico, conservar relaciones sociales y evitar la soledad son mecanismos protectores. Asimismo, es importante minimizar el riesgo de obstrucción de los vasos sanguíneos cerebrales, evitando el tabaco, controlando la presión arterial, la diabetes y el colesterol elevado.
Es importante también tratar de reducir los factores proinflamatorios tales como el estrés crónico, el sueño insuficiente, el consumo elevado de azúcares, grasas saturadas, sal, alimentos procesados y el alcohol.
Y, finalmente, una recomendación: escribamos nuestras memorias. No solo las disfrutarán nuestros descendientes, sino nosotros mismos reviviendo nuestra historia y nos servirá para ejercitar nuestra memoria.