Una juventud entre la responsabilidad y la vida social

Mi vida antes del cambio estaba marcada por una transición que sentía que la sociedad me imponía. Tras tres años de pololeo, me casé con María Luisa el 24 de julio de 1984. Ella era una compañera cariñosa, preocupada y siempre de buen ánimo. Aunque casarme me hacía sentir grande, en el fondo no me sentía del todo maduro ni preparado para dejar atrás la vida social y las salidas con mis amigos.

Nos reuníamos frecuentemente en lugares como ""El Parrón"" o el Club de la Unión para jugar cacho y conversar hasta la madrugada. Sin embargo, la vida comenzó a exigirme disciplina, y tuve que transformar mis ""viernes sociales"" en tiempo para estar en familia, entendiendo que ya no podía justificar esas salidas como antes.

El desafío: Enfrentar la adversidad

El reto fue enfrentar una tragedia inesperada siendo muy joven y con grandes responsabilidades. Llevábamos solo dos años de casados, yo tenía 29 años y ella 26, y estábamos recién disfrutando de nuestra familia. La situación en casa se volvió insostenible y difícil de administrar.

Vivíamos con dos guaguas, una enfermera, una nana y mi esposa en situación de discapacidad, mientras yo debía cumplir como Jefe de la Inspección del Trabajo de Santiago, con 100 personas a mi cargo, lo que me obligaba a estar todo el día fuera. Sentía mucha impotencia y tristeza, pues la María Luisa con la que me había casado ya no existía de la misma forma.

El punto de quiebre

El instante que detonó todo ocurrió el 8 de julio de 1986. Regresaba de jugar baby football cuando el conserje me dio la noticia: ""Se llevaron grave a la señora"". Una malformación arteriovenosa le había provocado un derrame cerebral.

Tras meses de hospitalización y un intento de vivir todos juntos en una casa adaptada en Vitacura, la realidad nos superó. El cambio definitivo llegó en enero de 1988, cuando, de común acuerdo con sus padres, decidimos trasladarla a una casa en San Damián para que ella estuviera más cómoda y cuidada, mientras yo me dedicaba a la crianza de los niños.

La lección: El poder de la adaptación

Aprendí que quienes sobreviven no son necesariamente los más fuertes ni los más inteligentes, sino los que mejor se adaptan a los cambios. A pesar del dolor, logré reinventarme y construir una vida junto a mis hijos, quienes hoy son profesionales íntegros y felices.

Descubrí que los hijos son ""grandes contenedores de emociones"" y son mucho más valiosos de lo que solemos creer. Me siento premiado por haber podido construir mi vida y la de mi familia a pesar de las circunstancias.

El consejo: Humor y familia

La familia es clave en nuestros caminos. Mi reflexión final es que debemos tener una visión más amable de nuestro ""lado insensato"" para integrarlo como un aliado.

Y, sobre todo, una clave fundamental es que nunca se debe perder el humor; lograr reírse de nuestra propia sensatez e insensatez nos permite avanzar y ser más sanos.