Hoy vivimos en una época en que la información se actualiza en tiempo real, la inteligencia artificial transforma industrias completas y las nuevas generaciones crecen en un mundo donde casi todo parece inmediato, transparente y cuestionable. Como consecuencia, nunca había sido tan desafiante construir acuerdos entre personas que crecieron en realidades tan distintas.
Esa brecha generacional representa un desafío para toda la sociedad, pero se vuelve especialmente relevante dentro de las familias. A diferencia de otros actores del mercado, donde las decisiones suelen responder a un objetivo común y relativamente claro, las familias deben lograr que distintas generaciones —con prioridades, lenguajes y formas de entender el éxito muy diferentes— sean capaces de construir y sostener un proyecto compartido. Porque administrar un patrimonio no consiste únicamente en tomar buenas decisiones financieras; también requiere generar acuerdos que permitan proyectarlo en el tiempo.
El dato que incomoda: cuando el legado no se sostiene
Se estima que el 70% de las familias pierde su patrimonio antes de que llegue a la tercera generación, y casi el 90% antes de la cuarta. Puede sonar a una estadística lejana, asociada únicamente a grandes fortunas, pero el aprendizaje detrás de esa cifra es mucho más amplio: en la mayoría de los casos, el patrimonio no desaparece por malas decisiones de inversión, sino por problemas de comunicación, falta de transparencia y conversaciones que nunca ocurrieron.
De la herencia a la responsabilidad compartida
El problema no siempre es que los hijos o nietos no tengan interés. Muchas veces ocurre que simplemente nunca llegaron a sentirse parte del proyecto. El patrimonio termina convirtiéndose en una herencia que se recibe, más que en una responsabilidad que se comparte. Es ahí donde los objetivos colectivos —aquello que la familia busca preservar— comienzan a tensionarse con los proyectos individuales de cada uno. Y es precisamente ese equilibrio el que debe trabajarse si se aspira a construir un legado que trascienda una generación.
Estructura y diálogo: la base que marca la diferencia
Frente a este escenario, el primer paso consiste en generar espacios de conversación. No hace falta una estructura compleja ni reuniones altamente formales. Basta con crear instancias periódicas donde exista respeto, disposición a escuchar y la posibilidad de conversar oportunamente sobre expectativas, diferencias, preocupaciones y aspiraciones.
El objetivo no es eliminar los conflictos, sino evitar que aparezcan cuando ya es demasiado tarde. Las familias que conversan antes de enfrentar los problemas tienen muchas más posibilidades de proteger no solo su patrimonio, sino también sus relaciones. En ese sentido, resulta mucho más efectivo construir acuerdos antes del conflicto que intentar resolverlos una vez que éste ya se instaló.
Sumar a las nuevas generaciones al proyecto familiar
A ello se suma la importancia de incorporar progresivamente a las generaciones más jóvenes. No solo en las conversaciones sobre dinero, sino también en aquellas relacionadas con liderazgo, responsabilidad y visión de largo plazo. No se trata de imponerles un camino, sino de entregarles las herramientas para que puedan decidir cómo quieren participar y qué rol desean asumir dentro de la familia.
Más allá del orden: propósito y sentido compartido
Una vez que existe una base de diálogo y reglas claras, aparece una pregunta mucho más relevante: ¿para qué queremos que este patrimonio continúe existiendo?
Toda familia tiene objetivos colectivos: preservar un patrimonio, mantener una empresa o desarrollar proyectos en común. Pero también existen objetivos individuales que merecen el mismo respeto: carreras profesionales, proyectos personales o decisiones de vida que no necesariamente coinciden con los intereses del grupo.
La clave no está en privilegiar unos sobre otros, sino en construir un marco claro, transparente y flexible que permita compatibilizar ambas dimensiones. Porque cuando las personas sienten que pueden desarrollarse sin renunciar a su individualidad, resulta mucho más fácil comprometerse con un proyecto común.
El límite de las reglas: de la administración al sentido
Desde luego, una primera preocupación suele ser la continuidad financiera. Contar con políticas claras de inversión permite profesionalizar la toma de decisiones, reducir conflictos y entregar tranquilidad respecto de la administración del patrimonio. Sin embargo, con el tiempo las familias descubren que las reglas, por sí solas, no generan unidad.
La verdadera cohesión aparece cuando el patrimonio deja de ser simplemente un conjunto de activos y pasa a convertirse en una herramienta para expresar aquello que la familia valora y quiere construir hacia adelante.
Inversiones con propósito: un punto de encuentro generacional
En ese contexto, las inversiones de impacto pueden transformarse en un vehículo especialmente interesante. Más allá del retorno financiero, ofrecen la posibilidad de alinear el capital con un propósito compartido, generando espacios donde distintas generaciones encuentren un punto de encuentro desde sus propios intereses y convicciones.
Porque, al final, un patrimonio puede heredarse. Un legado, en cambio, solo perdura cuando también se transmiten confianza, conversaciones y un propósito compartido.
Nicolás Cánepa, CFA
Head of Family Investments, Ventum Group