A veces me preguntan cómo se me ocurrió fundar el primer cohousing senior en Chile. Y la verdad es que no fue una epifanía espiritual ni un gran plan estratégico. Fue más simple —y más incómodo— que eso: me cansé de que la vejez se viviera como un castigo social.
Y como no nací para quedarme callada, decidí intervenir. Pero empecé donde nadie empieza un cambio estructural: en mi living.
La revelación en una taza de café
La historia parte con un día cualquiera, tomando café con una persona mayor que quiero muchísimo. Hablábamos de la vida, de sus rutinas, de los silencios largos que llenaban sus tardes. Yo —psicóloga, periodista, buena para preguntar lo que incomoda— le dije: “¿Qué es lo que más te pesa del día a día?”.
Su respuesta fue corta y quirúrgica: “El silencio. Es demasiado.”
No era tristeza. No era enfermedad. Era algo mucho más profundo: la ausencia de vida compartida. Ahí sentí el clic, ese que te mueve el estómago y te dice “Bea, aquí hay algo que nadie está mirando”. Mientras otros veían nostalgia, yo vi una urgencia. Una alarma social sin sirena.
Inventando la nueva longevidad
Me puse a investigar cómo envejece la gente en países menos histéricos que el nuestro, y encontré algo que me voló la cabeza: cohousing senior, comunidades donde los mayores viven entre pares, toman decisiones juntos, cocinan, discuten, se ríen y —sobre todo— pertenecen.
Y ahí pensé: “¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no yo?”.
Nadie me dijo que era buena idea. Nadie me aseguró que funcionaría. Pero igual moví muebles, abrí puertas, adapté espacios y dije: “Vamos a vivir la nueva longevidad, aunque tengamos que inventarla desde cero”.
Y así, sin más glamour que la convicción, un día desperté viviendo con diez personas mayores. Diez historias. Diez opiniones fuertes. Diez formas diferentes de decirme que el mantel está chueco. Diez motivos diarios para reírme, emocionarme o replantearme la logística del desayuno.
La magia de lo cotidiano
Y descubrí algo que jamás olvidaré: La vejez no necesita solemnidad; necesita compañía, humor y protagonismo.
La magia ocurre en cosas mínimas:
- En la risa de las 11:00.
- En la pelea cariñosa por el control remoto.
- En las sobremesas donde aparecen confesiones que ningún psicólogo podría provocar en consulta.
- En ese “¿cómo amaneciste?” que cambia más vidas que cualquier intervención clínica.
Mientras afuera se sigue hablando de “carga”, “dependencia” o “estar viejos”, acá —en este hogar loco y luminoso— la gente sigue viviendo. Vivir, Bea, vivir. Eso que las estadísticas no capturan.
Comunidad sobre soledad
Mi aprendizaje es simple: La mayor injusticia hacia las personas mayores no es la falta de cuidados, sino la falta de comunidad. La soledad no es romántica. No es digna. No es un destino. Y sí: se puede romper. Se puede diseñar otra forma de envejecer. Yo la estoy diseñando desde mi propia casa.
Un consejo directo
Mi consejo para la comunidad de Círculo Senior es directo y sin azúcar: Dejemos de mirar la vejez con pena. Miremos la vejez con proyecto. Con irreverencia. Con ganas. Construyamos vínculos ahora —porque la peor catástrofe de la vejez es llegar sin nadie con quien tomar un café.
Y si algún día sienten que la vida necesita un giro… háganlo. Aunque parta en el living. Aunque nadie entienda. Aunque toque explicar diez veces por qué hay tantas tazas diferentes en la loza.
Porque sí: Yo vivo con diez personas mayores. Y gracias a eso, descubrí la forma más humana y radical de cambiar el mundo de a poco.