Si la vida fuera un género musical, la juventud sería, sin duda, música clásica. En esa etapa temprana, todo trata sobre la partitura: hay reglas estrictas que obedecer, hay un camino trazado por nuestros padres o la sociedad que debemos seguir a la perfección. Estudiamos la carrera que "debemos", formamos la familia que "corresponde", buscamos el trabajo "ideal". Vivimos con la rigidez del concertista novato: nos aterra desafinar, nos paraliza el miedo a salirnos del pentagrama o tocar una nota falsa. Creemos que, si seguimos las instrucciones al pie de la letra, el aplauso y la felicidad están garantizados.

Pero luego, la vida sucede. Y la vida es experta en cambiarnos la partitura sin previo aviso. Llega una enfermedad inesperada, una pérdida dolorosa, una crisis global, o simplemente el destino nos lleva por caminos que jamás imaginamos. La partitura sale volando por la ventana.

Es aquí, en la madurez, donde entramos en la etapa del Jazz.

Los grandes maestros del jazz, como Miles Davis o Ella Fitzgerald, enseñaron que no existen las "notas equivocadas", solo existen notas que cayeron en lugares inesperados, y el secreto del arte está en qué haces con la nota que sigue. La madurez nos convierte en virtuosos de la improvisación. Ya conocemos nuestro instrumento —nos conocemos a nosotros mismos, nuestras luces y nuestras sombras— tan bien, que podemos tocar sin papeles.

Esta capacidad de improvisar es una de las mayores fortalezas invisibles de nuestra edad. Cuando el plan A falla (y a menudo lo hace), el joven se frustra, se rompe y se paraliza. El senior, como el músico de jazz experimentado, simplemente escucha el nuevo ritmo, ajusta la melodía y sigue tocando. Hemos aprendido que la belleza de la vida no está en que todo salga perfecto y ordenado, sino en la capacidad de crear armonía en medio del caos.

Tal vez hoy tu cuerpo no te permita correr la maratón que corrías antes, o tu situación económica te obligue a vivir con más austeridad. Eso no es el fin del concierto; es solo un cambio de tempo. No dejes de tocar. Improvisa. Busca nuevas formas de disfrutar, nuevos hobbies, nuevas maneras de amar y ser útil. La música que eres capaz de crear ahora tiene una profundidad, una síncopa y un alma (un swing) que la música rígida de la juventud jamás podría igualar. Sigue tocando, maestro.

Por Círculo Senior. Conectando generaciones, experiencias y nuevas formas de florecer.