Es un término que escuchamos hace décadas, pero que muchas veces no terminamos de entender del todo: el colesterol. Y como pasa con varios temas de salud, mientras más sabemos sobre él, más fácil es tomar buenas decisiones para cuidarlo. Aquí te lo explicamos en simple.
¿Qué es el colesterol, exactamente?
El colesterol es una sustancia grasa (un lípido) que el cuerpo necesita para funciones esenciales: forma parte de las membranas de nuestras células, y es clave para producir hormonas y vitamina D. Nuestro propio hígado fabrica la mayor parte del colesterol que circula en la sangre; el resto proviene de lo que comemos.
El problema no es el colesterol en sí, sino su exceso: cuando hay demasiado circulando, tiende a depositarse en las paredes de las arterias, elevando el riesgo de aterosclerosis y de enfermedades cardiovasculares.
El "bueno", el "malo", y por qué importa distinguirlos
Seguramente has escuchado hablar de colesterol "bueno" y "malo". La diferencia está en cómo se transporta: el LDL ("malo") lleva el colesterol hacia los tejidos y, en exceso, es el que se deposita en las arterias favoreciendo la formación de placas. El HDL ("bueno") hace el camino inverso, retirando el colesterol de los tejidos y llevándolo de regreso al hígado.
Por eso, cuando te haces un perfil lipídico, no basta con mirar el "colesterol total": lo relevante es cómo se reparte entre estos distintos tipos.
Por qué vale la pena vigilarlo después de los 60
El riesgo cardiovascular no aparece de un día para otro: se va construyendo con los años, y la genética, la alimentación, el sedentarismo y otras condiciones (como la diabetes o el hipotiroidismo) pueden influir en que el colesterol suba. Por eso, mantener controles periódicos —con la frecuencia que indique tu médico según tu historial— es una de las formas más simples de cuidar tu autonomía a futuro: un corazón sano es, literalmente, la base para seguir haciendo todo lo que te gusta hacer.
Cómo cuidarlo en el día a día
La buena noticia es que gran parte de esto está en nuestras manos: privilegiar un patrón de alimentación tipo mediterráneo (verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva y pescado un par de veces por semana), reducir las grasas saturadas y evitar las grasas trans, sumar fibra soluble a la dieta (avena, legumbres, manzana, cítricos), y mantenerse en movimiento: al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, más un par de sesiones de fuerza.
A esto se suma no fumar, moderar el alcohol y, si tu médico te indicó medicamentos para el colesterol, seguir el tratamiento tal como fue recetado, sin suspenderlo por cuenta propia.
Cuidar el colesterol no es una tarea de una vez, sino un hábito que se sostiene en el tiempo, con pequeñas decisiones diarias. Y como con todo lo relacionado a la salud, la mejor guía siempre será conversarlo con tu médico de confianza.
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