¿Nuestra casa podría seguir funcionando para nosotros dentro de 10, 20 o incluso 30 años? La pregunta adquiere especial relevancia en un Chile que envejece rápidamente.

De acuerdo con los resultados del Censo 2024, en Chile viven 3.665.028 personas de 60 años o más, equivalentes al 19,8% de la población. La proporción prácticamente se duplicó respecto de 1992, cuando alcanzaba el 9,7%, y actualmente las personas mayores ya superan en número a quienes tienen menos de 15 años.

Esta transformación demográfica plantea un desafío que va más allá de instalar pasamanos, eliminar escalones o adaptar un baño: necesitamos viviendas capaces de acompañarnos durante las distintas etapas de nuestra vida.

Una casa que pueda cambiar junto con nosotros

Una vivienda diseñada para una familia con niños pequeños puede funcionar perfectamente durante décadas. Sin embargo, con el paso del tiempo los hijos pueden abandonar el hogar, pueden aparecer períodos de movilidad reducida o surgir nuevas necesidades de cuidado.

Para Juan Paulo Alarcón, académico de Arquitectura de la Universidad Andrés Bello, una de las claves está precisamente en crear espacios que puedan reconfigurarse con facilidad.

Esto significa pensar desde el comienzo en habitaciones y circulaciones que puedan asumir nuevas funciones sin necesidad de realizar grandes transformaciones estructurales.

Una habitación podría convertirse en dormitorio, espacio de trabajo o lugar destinado temporalmente a cuidados. Del mismo modo, una vivienda preparada para reducir barreras físicas puede continuar siendo funcional si en algún momento cambia nuestra movilidad.

Envejecer no significa perder autonomía

Existe una diferencia importante entre preparar una vivienda para el envejecimiento y diseñarla suponiendo que toda persona mayor será dependiente.

Alarcón destaca que la gran mayoría de las personas mayores son autovalentes y necesitan condiciones habitacionales similares a las del resto de la población.

Por eso, el objetivo no debería ser crear viviendas que las separen o las conviertan en sujetos pasivos, sino desarrollar espacios que les permitan continuar participando activamente en la vida familiar, social y comunitaria.

¿Qué significa una vivienda adaptable?

No existe una única fórmula, pero algunas características pueden permitir que una vivienda responda mejor a los cambios que experimentamos durante nuestra vida:

  • Reducir desniveles y barreras que puedan dificultar el desplazamiento.
  • Contar con circulaciones suficientemente cómodas para diferentes niveles de movilidad.
  • Disponer, cuando sea posible, de un dormitorio en el primer piso.
  • Diseñar baños que puedan adaptarse posteriormente si las necesidades cambian.
  • Crear habitaciones capaces de cambiar de función con facilidad.
  • Considerar desde el diseño la posibilidad de incorporar futuras medidas de accesibilidad.

La ventaja de planificar estas características anticipadamente es que una eventual adaptación puede ser más sencilla y permitir que la persona continúe viviendo en su propio hogar.

Pero nuestra casa no termina en la puerta

Podemos tener una vivienda perfectamente adaptada y, aun así, perder autonomía si salir de ella significa encontrarnos con veredas difíciles, transporte lejano o ausencia de servicios básicos.

Por eso, el académico plantea que el barrio también forma parte de una estrategia para envejecer mejor.

Poder resolver necesidades cotidianas cerca del hogar —acceder a comercio, servicios de salud, transporte y espacios públicos— facilita que las personas continúen participando de la ciudad.

Seguir viviendo en nuestro barrio también importa

Existe además un elemento que no se puede medir únicamente en metros cuadrados: los vínculos que construimos con nuestro entorno.

Conocer a nuestros vecinos, reconocer las calles, tener cerca a familiares y amigos o mantener relaciones con comerciantes y organizaciones locales puede convertirse en una importante red de apoyo.

Para Alarcón, conservar estas relaciones puede ser tan relevante para nuestra calidad de vida durante la vejez como las propias características físicas de la vivienda.

Esto refuerza el concepto de envejecer en el lugar: poder permanecer, cuando así lo deseamos y las condiciones lo permiten, en nuestro hogar y nuestra comunidad a medida que avanzamos en edad.

Barrios donde convivan distintas generaciones

La respuesta al envejecimiento tampoco pasa necesariamente por crear sectores exclusivamente destinados a personas mayores.

El especialista propone avanzar hacia barrios heterogéneos e intergeneracionales, donde niños, jóvenes, adultos y personas mayores compartan servicios, espacios públicos y actividades.

Plazas, áreas verdes, centros comunitarios y otros lugares de encuentro pueden contribuir a mantener las relaciones cotidianas y disminuir el riesgo de aislamiento.

Más allá de rampas y baños adaptados

Las medidas de accesibilidad son necesarias, pero representan solamente una parte de la discusión.

Según el académico, la política habitacional todavía suele concentrarse en resolver necesidades inmediatas y no siempre incorpora una mirada que considere cómo una misma vivienda deberá responder a diferentes etapas de nuestra vida.

El desafío es avanzar desde la adaptación puntual hacia una planificación habitacional y urbana que incorpore el envejecimiento desde su diseño.

¿Está preparada tu vivienda?

No necesitamos esperar a perder movilidad para observar nuestro hogar con una mirada preventiva. Podemos preguntarnos: ¿podríamos utilizar cómodamente el baño si nuestra movilidad cambiara?, ¿existen escalones difíciles de evitar?, ¿podemos llegar fácilmente a un dormitorio?, ¿qué servicios tenemos cerca?, ¿podríamos seguir participando de nuestro barrio?

Estas preguntas no significan anticipar dependencia. Todo lo contrario: planificar nuestro hogar con tiempo puede ayudarnos a conservar autonomía durante más años.

En un país donde prácticamente uno de cada cinco habitantes ya tiene 60 años o más, pensar viviendas para toda la vida deja de ser una discusión exclusivamente arquitectónica. Es también una conversación sobre cómo queremos vivir nuestra longevidad: en hogares seguros y adaptables, pero también conectados con nuestros vecinos, nuestras actividades y nuestra comunidad.