¿Qué podría ocurrir si una escuela primaria y una residencia para personas mayores funcionaran bajo un mismo techo? En una comunidad rural de Kansas, Estados Unidos, esta idea dejó de ser una pregunta para transformarse en una experiencia concreta de convivencia intergeneracional.

El Centro de Educación Familiar Intergeneracional Logan (LIFE) reúne una escuela primaria y Logan Manor, una residencia con capacidad para 36 personas. Investigadores de la Universidad Estatal de Kansas analizaron el primer año de funcionamiento del modelo y encontraron resultados iniciales alentadores tanto entre las personas mayores como entre los niños.

La investigación detectó una disminución de síntomas depresivos y un aumento de la autonomía cotidiana entre los residentes, mientras los alumnos mostraron avances en su desarrollo socioemocional. Los investigadores advierten que estos resultados son preliminares y que el seguimiento continuará durante los próximos años.

Una escuela y una residencia conectadas

Una de las características más interesantes del proyecto es que la convivencia entre generaciones no depende únicamente de actividades organizadas ocasionalmente.

El propio diseño del edificio facilita que niños y personas mayores se encuentren durante su vida cotidiana. Pasillos interiores conectan directamente las aulas con la residencia, permitiendo encuentros durante el desayuno, visitas a las salas de clases y distintas actividades compartidas.

De esta manera, la relación intergeneracional puede desarrollarse mediante experiencias frecuentes y naturales, en lugar de limitarse exclusivamente a eventos especiales.

¿Qué ocurrió con las personas mayores?

El Laboratorio de Memoria y Envejecimiento de la Universidad Estatal de Kansas evaluó a 30 residentes en dos oportunidades separadas por aproximadamente un año.

Durante ese período, la función cognitiva se mantuvo estable. Al mismo tiempo, los investigadores observaron una reducción de los síntomas de depresión y un aumento de la independencia para realizar actividades cotidianas.

Otro equipo entrevistó a 17 residentes para conocer cómo experimentaban el nuevo espacio y su relación con los estudiantes.

Los testimonios recogidos muestran que la convivencia puede tener también una dimensión especialmente importante: combatir el aislamiento y recuperar oportunidades de interacción cotidiana.

De recibir compañía a volver a aportar

El proyecto no plantea a las personas mayores solamente como receptoras de compañía o cuidados. También genera oportunidades para que puedan compartir conocimientos, experiencias y habilidades con los estudiantes.

Uno de los residentes, por ejemplo, participa dos veces por semana ayudando a los niños con matemáticas.

Este tipo de experiencias permite cambiar la lógica tradicional de algunas actividades intergeneracionales: las personas mayores no son únicamente quienes reciben una visita, sino que pueden convertirse en participantes activos de la experiencia educativa.

¿Qué ocurre con los niños?

Los investigadores comenzaron a estudiar a los alumnos en abril de 2025, observando aspectos como empatía, actitudes hacia las personas mayores y percepción de pertenencia, autonomía y competencia.

Los primeros resultados señalan un aumento del desarrollo socioemocional a medida que los estudiantes participan en experiencias con los residentes.

Durante el primer año completo de recopilación de información también se observaron aumentos en las puntuaciones estandarizadas de lectura y matemáticas. Sin embargo, al tratarse de resultados iniciales, no corresponde concluir que la convivencia intergeneracional sea por sí sola la causa de esas mejoras.

El espacio físico también puede favorecer la autonomía

La investigación no se concentró solamente en las relaciones humanas. Otro equipo estudió cómo el diseño del edificio influye en la experiencia de los residentes.

Se analizaron 130 características relacionadas con la atención centrada en la persona, un enfoque que busca respetar preferencias, necesidades y capacidad de decisión individual en lugar de imponer una rutina idéntica para todos.

Los investigadores encontraron diferencias en aspectos como la distribución de los espacios, el carácter residencial de las instalaciones y el control que las personas mayores tienen sobre sus áreas privadas.

Esto plantea una idea relevante: los edificios también pueden facilitar o dificultar la autonomía, la participación y los vínculos sociales.

Una posible respuesta para las comunidades rurales

El proyecto adquiere especial relevancia porque se desarrolla en una zona rural. Estas comunidades pueden enfrentar simultáneamente distintos desafíos: aislamiento social entre personas mayores, dificultades de acceso al cuidado infantil, escasez de trabajadores y menos oportunidades de participación comunitaria.

Un modelo que comparte infraestructura y conecta generaciones podría ayudar a abordar varios de estos desafíos desde un mismo espacio.

Los investigadores estudiarán ahora cuáles de sus características podrían replicarse en otras comunidades.

Los resultados todavía son preliminares

El equipo de la Universidad Estatal de Kansas continuará siguiendo la experiencia para determinar qué ocurre a largo plazo.

Entre los próximos objetivos está medir con qué frecuencia se producen los encuentros entre niños y personas mayores y, especialmente, cuál es la calidad de esas interacciones.

Por eso, los resultados disponibles deben interpretarse con cautela: muestran asociaciones y cambios alentadores durante el primer año, pero todavía no permiten afirmar que este modelo produzca necesariamente los mismos efectos en cualquier comunidad.

Una mirada diferente sobre las generaciones

Más allá de los resultados estadísticos, la experiencia de Kansas propone una pregunta interesante para sociedades que envejecen: ¿por qué separar sistemáticamente a las generaciones?

Niños y personas mayores pueden tener necesidades diferentes, pero también pueden compartir tiempo, conocimientos, conversaciones y experiencias.

Crear espacios que favorezcan esos encuentros puede contribuir a que las personas mayores mantengan vínculos, propósito y participación, mientras los niños crecen relacionándose naturalmente con personas de otras edades.

La innovación, en este caso, no consiste únicamente en compartir un edificio. Consiste en diseñar comunidades donde distintas generaciones tengan oportunidades reales de conocerse, participar y aportar unas a otras.