Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: «¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!». Él les respondió: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado autoridad para pisotear serpientes y escorpiones, y para vencer todo el poder del enemigo; nada podrá hacerles daño. Sin embargo, no se alegren de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres están inscritos en el cielo». En aquel mismo instante, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y exclamó: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha agradado».